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and to this day it has shown no intention of going away.
Edward Gorey,The Doubtful Guest
La Galería de Todos Santos tenía un cuadro del pintor norteamericano
Derek Buckner. Lo encontré apoyado en la pared del cuarto
trasero, aún fresco. Se trataba de una composición
curiosa: un hombre de camisa azul turquesa y fez terracota; otro
hombre, también con fez, cuya sonrisa era una pincelada
blanca entre el bigote y una barba de candado, abría los
brazos como diciendo "¡listo!"; una mujer de
suave cabello rojizo recogido en un moño, con un vestido
rosa que reflejaba la luz matinal y la sombra moteada de los
árboles; otra mujer, esgrimiendo su pandereta cual arma,
castigaba a un perro: exóticos personajes de pie alrededor
de una mesa, el perro con las patas sobre la orilla del mantel.
Justo en el centro, como una sopera, se encontraba un platillo
volador.
El cuadro se titulaba Los visitantes. Una mujer quería
comprarlo, pero la Galería de Todos Santos pedía
dos mil dólares por él.Lo valen admitió,
pero estaba remodelando su cocina y tenía que comprar
una estufa.
¿Quién necesita una estufa? preguntó
el dueño de la galería, Michael Cope. Era rubicundo
como Danny Kaye en el papel de Hans Christian Andersen, originario
de Los Angeles, refugiado de la vida corporativa en Todos Santos
y pintor.
No necesitamos comida recalcó con sus brazos
en jarras. ¡Necesitamos arte!
Durante mi primera visita a Los Cabos, visité Todos Santos
por la comida, específicamente para comer en el Café
Santa Fe, un restaurante italiano en la plazuela. Todos Santos
quedaba a sólo una hora sobre la carretera en dirección
al norte: una tira de pavimento sin guarnición en medio
de un desierto de cardones y chollas flanqueado por mar y sierra.
Las vacas pacían entre las chollas a la orilla de la carretera
y a veces la invadían para rumiar tranquilamente. Cada
quince o veinte kilómetros, un grupo de palmeras servía
de resguardo a un pueblo de pescadores construido con tabique,
adobe y techo de paja y, sobre la carretera, un puesto de Tecates
y Cocas frías.
Todos Santos parecía uno más de esos pueblos, aunque
más grande y con gasolinería. También tenía
un semáforo y una tienda de abarrotes. Allí vivían
unos norteamericanos, algunos en casas rodantes y otros muchos
de ellos artistas en la parte vieja, formada por una plazuela
con un teatro encalichado y la iglesia de rigor, todo ello rodeado
de unas cuantas manzanas con casas y tiendas de los siglos XIX
y XX. Muchas habían sido renovadas recientemente y pintadas
en colores frutales, pero otras tantas permanecían vacías,
el techo hundido y las podridas puertas de madera cerradas con
candado.
Todos Santos alguna vez se jactó de tener una burguesía
próspera que labró su fortuna gracias al azúcar.
La caña se cultivaba con agua de un manantial, se molía
para extraerle el jugo, el cual se hervía con cáscaras
de naranja y especias en un caldero hasta convertirlo en un jarabe
que se vaciaba en moldes para hacer conos de panocha. Pero en
1950, el manantial comenzó a secarse y los ingenios cerraron
uno a uno. Las pocas familias que se quedaron en Todos Santos
vivían de la pesca de tortuga y tiburón. El manantial
revivió a principios de los años ochenta, pero
ahora el agua se utilizaba para irrigar jitomates, papayas y
mangos. Las ruinas de los ingenios de azúcar, su maquinaria
oxidada y las chimeneas de ladrillo aparecían aquí
y allá en el pueblo de cuatro mil habitantes. La mayoría
de sus calles estaban sin pavimentar.
El aire en el Café Santa Fe era fresco, las mesas de mármol
rosa. El estéreo tocaba nuevo flamenco, intrincado y delicado
cual gasa al viento. Me senté bajo la pérgola en
el jardín, extendí la servilleta un cuadro
grande y suave como la franela sobre mi regazo y pedí
de comer: focaccia con romero, ravioles de langosta a la albahaca,
papas asadas y dorado a la parrilla con mezquites, bañado
con vinagre balsámico y aceite de oliva.
El restaurante estaba repleto; en su gran mayoría, de
norteamericanos que venían de Los Cabos a pasar el día;
mujeres de alpargatas y lino; hombres con Rolex y gorras de beisbol
con el logo bordado de algún campo de golf.
Paula y Ezio Colombo, los dueños del Café Santa
Fe, recién habían regresado de París.
Fuimos a un desfile de modas comentó Paula
cuando se detuvo frente a mi mesa. Ah, y también
al estreno de una película y a la exposición de
Francis Bacon.
Paula, una afroamericana, había trabajado como modelo
de joven, e incluso apareció en las portadas de Essence
y Seventeen. Pese a que habían pasado más de veinte
años, aún conservaba cierto aire juvenil, estilizado
y dinámico. En el fondo del lugar, Ezio, un hombre regordete,
pintor originario de Milán, iba y venía del bar
a la cocina, cual digno burgués.
Al salir, vi a Michael Cope, el dueño de la galería.
Estaba comiendo con dos de sus artistas: Robert Whiting, propietario
del recién inaugurado Todos Santos Inn, y Gloria Marie
V., mujer menuda de pelo largo y lacio color avellana, cubierto
con un sombrero de paja adornado con flores de seda. Los pájaros
gorjeaban, algo crujía en la mata espesa de bugambilia
sobre la pérgola. Su mesa parecía un bodegón:
copas de vino blanco frío, brillantes por la condensación,
y un jarrón con flores silvestres del desierto, tan coloridas
como frambuesas.
Si fuera pintora pensé, me gustaría
pintar esa escena.
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Mayo 2002 |
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